Sentada en la mesa, en casa de mi amada madre,
almorzábamos con un amigo y una amiga de ella. Para resguardar identidades, le
llamaremos a ella “Cruella de Vil” (personaje de 101 Dalmatas) y por supuesto
cualquier similitud con la ficción es absolutamente intencional. Era la segunda
vez que la veía. La conversación había sido amena y en los niveles clichés que
corresponden para tal ocasión social, hasta que ella comenzó a enviar mensajes
indirectos que apuntaban a valorizar negativamente mi labor materna. Como si esto
fuera poco, subestimó además el amor y
las redes de mi familia y las habilidades de mi madre para administrar su
tiempo libre. En la sabia y elocuente expresión de Condorito ¡PLOP! Porque
aunque tengo profesión de psicóloga, confieso que quedé he-la-da. No hay forma
de estar preparada para que a una le lancen “water” de tal tamaño!
Puede ser
que yo sea esas valorizaciones negativas, pero ese no es el punto, porque todos
estamos llenos de desperfectos y tarde o temprano uno se hace cargo o no de sus
pifias. No es relevante si ella tiene la razón o no, si el juicio emitido es
verídico o correcto, el tema es ¡el desatino! La falta total de cuidado y en
palabras de mi querido ex profesor Aldo; “La degradación sistemática del otro”
sin justificación ni provocación alguna, que no es otra cosa que causar daño
por una enorme torpeza, falta de conciencia, egoísmo y soberbia. Los que allí
estábamos tomamos conciencia de que los comentarios de Cruella fueron muy
inapropiados, menos ella. Nos echó a perder el almuerzo a todos.
Rato
después, mientras procesaba lo vivido, reflexioné sobre si el malestar causado
por sus juicios tenía origen en que me había dicho una verdad dolorosa y
finalmente concluí que los juicios de quienes no te conocen jamás pueden ser
verídicos, por lo que los juicios que se deben integrar son aquellos que vienen
de quienes nos aman, con los otros, hay que tirar la cadena.
Emitir
juicios o valoraciones negativas suele ir acompañado de otra acción: el chisme
o pelambre, que es comunicar a otros esos juicios y supuestos, generando una
ola de opiniones negativas sobre la vida de una persona, acción absolutamente
infértil. Estas dos acciones en la comunicación, muy frecuentes, tienen forma
de cuchillo, entonces, tan importante como no cargarlos, es saber defenderse
cuando vienen directo hacia uno.
Como
personas, padres y profesionales, en nuestros contextos domésticos, sociales y
laborales podemos contribuir a no propagar el chisme, que es como una
enfermedad venérea. El condón del chisme no es el silencio, sino poner un
límite, por ejemplo, informar con un
mensaje yo: “No me siento cómodo hablando de una persona que no está aquí” o
“probablemente deberíamos tener toda la información antes de opinar y para eso
tendríamos que abordar el tema con él/ella”
En un
libro leí una escena donde el autor entra con un amigo a una cafetería, y
estando sentados conversando, se percataron del ingreso de una mujer con tres
inquietos niños. Ella se veía muy tranquila y desatendía completamente a sus
hijos, mientras estos corrían, gritaban y botaban cosas en el lugar. La gente
comenzó a mirarla a ella y a sus hijos, pero ella sólo compraba los helados.
Finalmente, él se animó a decirle que por favor controlara a sus hijos y ella
le respondió que por favor la disculpara, que venían del hospital y que su
marido acababa de fallecer y ella no sabía qué hacer y que había pensado que
llevar a los niños por un helado era una buena idea. Él dice que quería que la
tierra lo tragara en ese momento.
Si bien
aquí no hay fábulas, la moraleja se escucha fuerte y claro: Primero que todo no
es conveniente (ni prudente, ni sabio) aventurarse en emitir juicios de valor
si no se tiene toda la información, porque corre riesgo ¡de quedar como un
tonto! Y de paso dañar a otros (o echarle a perder el almuerzo) y segundo, un
principio fundamental de la comunicación, para que sea efectiva; dé su opinión
cuando se la pidan o cuando la vida del otro esté el riesgo.
Yo no voy
hacerme la santa aquí, yo emito juicios y ¡constantemente! Igual que usted, la
diferencia está en proponerse hacerlo menos, pero la tarea que hay que aprender
primero es callárselos. Mathwe Kelly propone llevar el ayuno del espíritu al
pensamiento. ¡Ayuno de juicio! Inténtelo, es un desafío enorme. Por último,
tenga presente que en nuestros niños es tremendamente moldeable, como he visto
que hace una Macarena con su Vicente, cuando le pregunta: “Es verídico y
necesario decir eso que me vas a decir de esa persona? O en las palabras de
Kelly “Lo que vas a decir, ¿ayuda al otro a convertirse en una mejor versión de
sí mismo?” Si no, es mejor guardar silencio.














