Para algunos la envidia y los celos son sinónimos, para otros; no, depende del enfoque. El celo es un sentimiento que nace ante la amenaza de un tercero en una díada, por ejemplo, un niño puede sentir celos del padre, cuando ve que es él quien tiene el derecho de dormir en la cama con su madre. Por otra parte, la envidia está definida como la tristeza por el bien ajeno, sin embargo, en su esencia más pura, la envidia es querer lo que otro tiene, pero además desear inconscientemente que el otro deje de poseerlo. Si una mujer ve a otra, con un cuerpo escultural, no sólo le dan ganas de tener ese cuerpo, también, en lo profundo, desearía que la otra no lo tuviera. La envidia es un sentimiento con muy mala propaganda, por lo que existe, pero en la clandestinidad, es como el narcotráfico, sabemos que existe, pero nadie la ve, ¡porque nadie la tiene! Socialmente genera tanta culpa sentir envidia, que la vamos adornando y mutando en expresiones clichés del tipo “siento una envidia sana por…”. Hablemos en serio, ¿la envidia puede ser sana? O mejor reemplacemos la palabra sana por conveniente, ¿puede resultarle conveniente a alguien sentir envidia? Que ojo, no se parece en nada a la admiración.
Dicen que las mujeres somos envidiosas, como si fuera una cuestión de género. No estoy tan segura de que estemos biológicamente determinadas por alguna estructura del sistema límbico a sentir más o menos envidia que los hombres, pero lo que sí parece ser cierto, es que estamos entrenadas socialmente desde pequeñas a poner mucha atención a lo que pasa a nuestro alrededor y eso parece pavimentar el camino a las comparaciones, que digámoslo, muchas veces los hombres ni se dan cuenta, porque dirigen su atención de manera diferente.
Si la envidia hace daño en algún lugar, es en una madre y hacia su hija. ¿Conoce algún caso? Varias veces en el gimnasio al que asisto, observo intrigada a una pareja de mujeres de misma estatura, contextura similar, ambas esbeltas y curvilíneas, con vestimenta deportiva parecida, pero con una distancia significativa; una está en los 20 y la otra en sus ¿50? Hay algo raro en la escena para mí… parece que la madre quiere ser como la hija o incluso mejor, por lo menos en el ámbito físico. Créame que si las ve de espaldas pensaría que son gemelas, pero tiene más de ¡30 años de diferencia! La madre compite con la hija y no hay duda que lo que está a la base es la envidia. La mejor manera de tener lo que la otra tiene y a la vez hacer que lo pierda es tenerlo de manera más destacada.
La envidia de una madre hacia su hija se manifiesta básicamente en la dificultad materna de gozar con los logros de la hija, en la imposibilidad de celebrarla genuinamente, en la imposibilidad de facilitarle la vida a su hija, en el egoísmo en el egocentrismo, en la necesidad de competir solapadamente con ella, entregando racionalizaciones que incluyen excusas como que es más importante la objetividad y por tanto las expresiones emocionales son poco valiosas. La envidia las aleja a ambas de la experiencia de una relación amorosa y lo más lamentable es que la hija, lejos de sentirse amada, debe emplear energía y recursos en protegerse de la madre, que le boicotea la autoestima reiteradamente.
La teoría en psicología indica que la envidia materna es una realidad “normal” en algún momento de la relación, la lógica nos puede indicar que puede ser en algún momento a lo largo de la adolescencia, pero hay que trabajarse para superarlo. La envidia es un sentimiento inútil y a la vez destructivo, como una bomba nuclear que tiene una onda expansiva kilométrica, sin embargo con trabajo puede convertirse en un motor de cambio y mejora personal, para que eso ocurra, primero hay que aceptar que se siente, he ahí la tarea más difícil.
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