La psicología
como ciencia social, durante años ha estudiado y presentado teorías con
explicaciones sobre los efectos dañinos de la falta de amor y el abandono
emocional, pero nada se ha dicho oficialmente de los efectos del exceso de amor,
tal vez lo más cercano a este tema lo trata la reconocida psicóloga infantil
Neva Milicic en su libro “Cuánto y cómo los quiero” en que hace mención de una
maternidad y paternidad nutritivas.
En términos
populares y con bastante rechazo se hace mención de los niños “malcriados” o
como escuché hace poco, los niños “mal aprendidos” (porque en algunos casos no
es que al niño sus padres no le hayan enseñado, es que el niño sencillamente no
aprendió) pero no es lo mismo un niño mal criado que un niño que ha recibido un
exceso de amor.
Se podría
decir que un niño mal criado es un niño regalón, consentido, que recibe todo lo
que quiere, cuándo quiere y cómo lo quiere. Es un niño muchas veces tirano, que
manipula a sus padres, quienes se desviven por su bienestar o sencillamente
quieren que los dejen tranquilos. En ocasiones es una especie de Rey, que
ejerce una monarquía absoluta, cuya corte está formada por sus padres y todos
los adultos significativos que giran a su alrededor, que buscan sólo
gratificarlo. Lo que más pasa es que a estos niños pocas personas los soportan,
pueden ser mal amados y están lejos de sentirse amados, especialmente cuando la
ausencia emocional de los padres es compensada con cosas materiales. ¿Se ha
dado cuenta que siempre son los hijos ajenos?…
las pocas veces que he escuchado a una madre o un padre decirlo de sus
propios hijos, lo hace con los ojos apuntando al cielo, como si fuera
responsabilidad de ¡quién sabe quién!
En el exceso
de amor, curiosamente puede haber un poco de límites impuestos por los padres,
incluso los niños pueden desarrollar cierta tolerancia a la frustración, con
alguna capacidad para postergar el placer y control de impulsos. Son niños que
se sienten profundamente amados y pueden ser bien tolerados por otros, ahí no
está el problema, el problema no es tanto para otros, como para ellos mismos,
porque no logran desarrollar carácter, por tanto no hay ni voluntad ni
capacidad para perseverar en una tarea. Niños demasiados amados, son aquellos
cuyos padres le dan demasiadas veces en el gusto y evitan enfrentarlos con la
adversidad y amargura propias de la vida, les hacen todo fácil cada vez que
pueden y le ponen un colchón antes de que caiga, ¿por qué? ¡Porque los aman!
Pero, flaco favor, el resultado es cero carácter. En otras palabras, la
consecuencia del exceso de amor, es dejarlos desprovisto de la herramienta que
les permitirá enfrentar la vida, ¡es dejarlos sin escudo!. Un niño mal criado
puede tener incluso más carácter que uno que recibió exceso de amor.
¿Qué tipo de
padres son los que están detrás? Probablemente unos que buscan consciente o
inconscientemente reparar su propia historia de carencias afectivas y si ha
habido una separación o pérdida y es una familia monoparental, más se busca
compensar con este exceso de amor. Se confunde la finalidad de ser padres y se
comienza a creer que porque los amamos, debemos hacerlos felices siempre. Un
psicólogo italiano especialista en familia declaró en su conferencia que la
finalidad de los padres no es hacer felices a los hijos, sino ayudarlos a
desarrollar las herramientas que les permitirán ser felices en su vida adulta.
¿Cuáles son las
consecuencias a largo plazo de un niños que recibió exceso de amor?. Resulta interesante
proyectarlos en el tiempo y mirar la forma en que enfrentan la vida. Un padre
le compra un auto a su hijo en cuanto cumple 18 años, sin embargo no toleran
estar juntos en el mismo lugar; al hermano, le compra unas poleras de E.E.U.U porque
era lo que quería, con ese hijo es cercano. En otro escenario, un universitario
decide trabajar como garzón todo el verano para ahorrar, porque quiere un auto
(y creo que su padre tiene los medios para comprárselo). Hay estilos parentales
muy diferentes detrás, en estos tres ejemplos podemos ver un hijo mal criado,
uno demasiado amado y uno bien amado. Queda en evidencia cuál de los tres
desarrolló carácter.
El exceso de
amor como sentimiento no es el problema. Podemos amarlos infinitamente, pero
ese amor, en el ejercicio cotidiano de nuestra parentalidad, debemos aprender a
regularlo. Es como tener mucha agua para regar las plantas; le damos lo
necesario para funcionar bien, no la inundamos, porque le hacemos daño. Mis
palabras favoritas hoy son: “resuélvelo tú, tú puedes, confió en ti”, “lamento
que no te guste, lo tendrás que hacer igual”, “más tarde” y “no”, porque son
las palabras que construyen el dimmer (aparato que gradúa la intensidad) que
permite regular todo el amor que se tiene por ellos, para ¡amarlos bien!


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