domingo, 18 de noviembre de 2018

Conversaciones valientes con niñas valientes (Parte I)


Este año, desde mi rol profesional, he tenido el honor de trabajar y acompañar a niñas valientes en momentos de muchísima adversidad.  La entereza, el coraje, la lucidez,  tolerancia a la angustia y el dolor,  con que enfrentaron situaciones sumamente difíciles, merece ser compartido, reflexionado y admirado, primero que todo para darles reconocimiento y también para que ojalá, saquemos algún aprendizaje en un nivel personal, profesional y/o parental.


Yo sé que la vida sigue – me dijo una chica de 15 años cuya madre moriría el día siguiente, después de una larga enfermedad. Perder a la madre y ser testigo del inmenso dolor del padre, es algo que nos hace pensar de inmediato: Esto no debería pasar, pero pasa. Lo cierto es que situaciones como esta nos llevan a un amargo hecho de la vida “Cosas malas, le pasan a personas maravillosas” y a veces eres testigo cercano de eso y otras; eres el protagonista. Creo que su declaración es un potente recurso para atesorar, por lo que debemos guardar sus palabras en el corazón y también en el bolsillo, para tenerlo a mano cada vez que la adversidad nos aplaste.


En una de estas, que yo llamo “conversación valiente”, hablamos, de la ya inminente muerte de su madre y le pregunté por lo que más le preocupaba, entonces me dijo con lágrimas – Mi papá… su dolor, su pena. A mí me tocaba en ese momento mostrarle cómo ella, desde su rol de hija, tenía que confiar en que su padre iba a estar bien y que juntos como familia, con su hermano menor, se iban a sobreponer progresivamente a esta durísima pérdida. Me pareció que era mi deber, mostrarle además, que lo que estaba viviendo era extremadamente duro. Entonces le expliqué, con gestos en mis manos, que estaban las cosas difíciles de la vida (abajo) esto y la muerte de un hijo pequeño. En un acto inconsciente, se lo escribí en un post it, porque quise que quedara registro y no lo olvidara. Me emocioné cuando supe que lo tenía pegado en el panel de su pieza. A veces lo único que podemos hacer es sencillamente reconocerle al otro que lo que vive es tremendo.



Los duelos son parte de la vida, pero uno así y en esta etapa, es particularmente difícil y complejo, no sólo para los hijos, sino que también para el progenitor que está vivo. Sabemos que como padres el dolor de nuestros hijos es también nuestro dolor y en esta situación, la tarea es realmente titánica. El progenitor que está, debe hacer su propio proceso de duelo, de manera paralela al acompañamiento, contención y orientación del duelo que viven los hijos, hecho absolutamente sobrecogedor.


Las personas podemos hacer lo impensado para evitar entregarnos al dolor, porque nos da miedo perdernos a nosotros mismos en ese oscuro lugar, esto hace que muchas veces aparezcan conductas que apuntan a evadir el sentir y/o pensar. Lamentablemente no existe otro camino, por eso pasan a tener suma importancia, los recursos internos, como la autoconfianza y la resiliencia, así como también las redes con las que se cuenten, formada por familiares y amigos cercanos, que deben ser generosos en la atención, compañía y afecto que brindan. Ellos pueden ayudar también al provocar algunas “conversaciones valientes”, con un viudo o viuda que está luchando para acomodarse a una nueva realidad que naturalmente rechaza, carece de sentido y se hace intolerable.


Cierro con las palabras dichas por el personaje de la película El Náufrago:


“Y ahora sé lo que tengo que hacer… 
seguir respirando, 
porque mañana volverá a amanecer 
y quién sabe lo que traiga la marea”
  

*Nota: Este artículo ha sido aprobado por la protagonista y su padre.

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