Este año, desde mi rol profesional, he tenido el honor de trabajar y acompañar a niñas valientes en momentos de
muchísima adversidad. La entereza,
el coraje, la lucidez, tolerancia a la
angustia y el dolor, con que enfrentaron
situaciones sumamente difíciles, merece ser compartido, reflexionado y admirado,
primero que todo para darles reconocimiento y también para que ojalá, saquemos
algún aprendizaje en un nivel personal, profesional y/o parental.
Yo sé que la vida sigue – me dijo una chica de 15 años cuya madre moriría el día
siguiente, después de una larga enfermedad. Perder a la madre y ser testigo del
inmenso dolor del padre, es algo que nos hace pensar de inmediato: Esto no debería
pasar, pero pasa. Lo cierto es que situaciones como esta nos llevan a un amargo
hecho de la vida “Cosas malas, le pasan a personas maravillosas” y a veces eres
testigo cercano de eso y otras; eres el protagonista. Creo que su declaración
es un potente recurso para atesorar, por lo que debemos guardar sus palabras en
el corazón y también en el bolsillo, para tenerlo a mano cada vez que la
adversidad nos aplaste.
En una de estas, que yo llamo
“conversación valiente”, hablamos, de la ya inminente muerte de su madre y le
pregunté por lo que más le preocupaba, entonces me dijo con lágrimas – Mi papá…
su dolor, su pena. A mí me tocaba en ese momento mostrarle cómo ella, desde su
rol de hija, tenía que confiar en que su padre iba a estar bien y que juntos
como familia, con su hermano menor, se iban a sobreponer progresivamente a esta
durísima pérdida. Me pareció que era mi deber, mostrarle además, que lo que
estaba viviendo era extremadamente duro. Entonces le expliqué, con gestos en
mis manos, que estaban las cosas difíciles de la vida (abajo) esto y la muerte
de un hijo pequeño. En un acto inconsciente, se lo escribí en un post it,
porque quise que quedara registro y no lo olvidara. Me emocioné cuando supe que
lo tenía pegado en el panel de su pieza. A veces lo único que podemos hacer es
sencillamente reconocerle al otro que lo que vive es tremendo.
Los duelos son parte de la vida, pero
uno así y en esta etapa, es particularmente difícil y complejo, no sólo para
los hijos, sino que también para el progenitor que está vivo. Sabemos que como
padres el dolor de nuestros hijos es también nuestro dolor y en esta situación,
la tarea es realmente titánica. El progenitor que está, debe hacer su propio
proceso de duelo, de manera paralela al acompañamiento, contención y
orientación del duelo que viven los hijos, hecho absolutamente sobrecogedor.
Las personas podemos hacer lo impensado
para evitar entregarnos al dolor, porque nos da miedo perdernos a nosotros mismos en ese oscuro lugar, esto hace que muchas veces
aparezcan conductas que apuntan a evadir el sentir y/o pensar. Lamentablemente
no existe otro camino, por eso pasan a tener suma importancia, los recursos
internos, como la autoconfianza y la resiliencia, así como también las redes
con las que se cuenten, formada por familiares y amigos cercanos, que deben ser
generosos en la atención, compañía y afecto que brindan. Ellos pueden ayudar
también al provocar algunas “conversaciones valientes”, con un viudo o viuda que
está luchando para acomodarse a una nueva realidad que naturalmente rechaza,
carece de sentido y se hace intolerable.
Cierro con las palabras dichas por el
personaje de la película El Náufrago:
“Y ahora sé lo que tengo que hacer…
seguir respirando,
porque mañana volverá a amanecer
y quién sabe lo que traiga la marea”
*Nota: Este artículo ha sido aprobado por la protagonista y su padre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario