miércoles, 13 de septiembre de 2017

Columna: Cuándo ir a Terapia



           Tengo un amigo que hace meses me dice “Yo sé que tengo que trabajar esto de mí y sé que solo no lo puedo hacer… sé que tengo que ir a terapia”, pero no va, yo solo le digo que es muy bueno que lo tenga claro. Algo que muchas veces cuesta entender es uno de los principio de la psicoterapia: el deseo de cambio debe venir del paciente, por lo que las personas van a terapia cuando están listas y no necesariamente cuando les conviene.


Veamos un ejemplo; un hombre de treinta y tantos, soltero y funcional (una persona que llamaríamos normal) se da cuenta que tiene enormes dificultades para formar vínculos amorosos. Por una parte, le gustaría mucho enamorarse, casarse y tener hijos, por otra, termina una buena relación de pareja con una mujer que lo amaba, consciente de que no había ningún buen motivo para hacerlo, excepto su dificultad para profundizar el vínculo, que implica mostrarse y asumir las propias vulnerabilidades, por lo que se expone una y otra vez a relaciones con mujeres que tienen la misma dificultad que él: incapaces de formar vínculos, de comprometerse o amar y sufre, dejando pasar a las mujeres con las que potencialmente podría formar una relación de pareja sana. Él sabe que mientras no trabaje lo que está debajo de esto, no podrá cambiarlo, tiene identificado el problema, ya ha intentado resolverlo por su cuenta y no lo ha logrado, entonces concluye que requiere de algo de ayuda, sabe que le conviene ir a terapia, que esto es importante para él, sin embargo lo deja en carpeta y sigue con su vida exactamente igual, tiene mil escusas (falta de tiempo es la más común ¿no?, la segunda el tema del dinero) lo posterga. El tema es así: él sabe que le conviene, pero no está listo.


Otras veces, la gente está “a medio cocinar” esto significa que logran ir, pero rápidamente abandonan, porque como señalamos en la columna anterior ir a terapia no es un experiencia de miel sobre hojuelas, y en cuanto comienzan a salir las temáticas dolorosas, cuando emerge lo feo, aparece la angustia y con esto la resistencia al cambio. Entonces asisten entre una y cuatro sesiones, que por supuesto no son transformadoras, pero si preparan el camino y aumentan las posibilidades de que más adelante vuelvan.


Ahora, continuemos con la misión propuesta: responder la pregunta de cuándo ir a terapia. Existen motivos mentales relevantes, ante los cuales se debe encender una alarma y activarse rápidamente. En general, podríamos decir que todo lo que considere anormal para usted mismo es una alarma, aquello que le llama la atención sobre usted mismo, no tanto con parámetro en otros, aterricemos esta idea. Si usted ha dormido poco toda su vida, este es un funcionamiento normal para usted, pero si usted siempre ha dormido ocho horas y de pronto comienza a dormir cuatro o cinco de forma recurrente. Si su libido se traduce en  actividad sexual  tres veces por semana con su pareja y de pronto hay ausencia de deseo, estos ya pasan a ser síntomas (señal de que algo no anda bien) y se recomienda consultar, porque se podría prevenir el desarrollo de algo más complejo (cuadro o trastorno mental) Lo mismo ante los síntomas de depresión (tristeza vital, desánimo, angustia y ansiedad), aunque aquí también pasan a tener un rol muy importante los cercanos, pues a  una persona deprimida, por su mismo estado, le costará activarse para buscar ayuda.


Pero no podemos dejar todo esto solo en manos del paciente,  la relación terapéutica se construye de a dos, por tanto la experiencia con el terapeuta también va a influir en la adherencia a este proceso. Una persona que está lista, puede abandonar la terapia si el terapeuta elegido no es el adecuado. Otro amigo, hace unos días me contaba que había ido donde un psicólogo, pero que no le había gustado, que no se había sentido cómodo, que no había sentido conexión o feeling, cuestión fundamental, así que había dejado de ir, sin embargo sí tuvo esa conexión con su psiquiatra y ya lleva un año asistiendo a sesiones trimestrales con él (algunos psiquiatras hacen terapia, pero la mayoría solo farmacoterapia) Por el contrario, una persona que esta “a medio cocinar” con el terapeuta correcto, puede lograr hacer un proceso completo.


Vaya a consultar a un psicólogo si es lo que siente que quiere hacer, pero recuerde: una vez iniciado el proceso no siempre “se tiene ganas” de ir, pero como decía una querida profesora en la universidad “Cuando menos se quiere ir es cuando más tiene que ir” porque significa que se está tocando un punto clave. No necesita tener una lista de síntomas o una problemática completamente definida, eso surge de manera natural en la conversación con el terapeuta. Puede ir para conocerse más y convertirse en una mejor versión de sí mismo, porque erradamente nuestra sociedad nos dice que si somos adultos ya nos conocemos y no es así. Es imposible conocerse si uno no baja a las tierras profundas del propio inconsciente, si uno no accede a ese “entretecho” o “sótano” que difícilmente puede ser visitado sin la compañía de un terapeuta.


Si su discurso es “Yo soy así y no voy a cambiar”, tiene toda la razón, no va a cambiar, pero no porque el cambio no sea posible, sino porque Ud. no está dispuesto a hacer el esfuerzo para lograrlo.


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