Esta segunda parte tiene una complejidad distinta. Está la adversidad impuesta por la vida, como la descrita en la Parte I y otra es la que enfrentamos a partir de ciertas experiencias con otros, dentro de las cuales se debe hacer la importante distinción de la intención. Hay personas que dañan con la clara consciencia que lo están haciendo (rasgo perverso) y están los que dañan y genuinamente no lo han hecho con la intención (todo el resto de los humanos estamos aquí), luego este grupo se divide otra vez, en los que logran tomar consciencia cuando se les muestra el daño, sienten culpa y buscan reparar y por otra parte, están los que no tienen la capacidad de empatizar (ver el mundo con los ojos del otro) y por tanto no pueden aceptar y reconocer el daño hecho.
Es importante indicar aquí que el foco de este artículo no está en la profesión que tiene la persona que representó la adversidad para esta hermosa chica de 18 años. El foco está puesto nuevamente en la fortaleza, a pesar del sufrimiento, que ella tuvo y su enorme resiliencia, que a mí me ha causado admiración, razón por la cual este artículo está dedicado a ella.
Todos nos equivocamos, eso está claro. Nadie se levanta en la mañana deseando equivocarse, pero nos pasa, como personas, como padres, como pareja y también desde nuestro rol profesional. También es cierto que hay ciertas profesiones en las que el daño potencial que se le puede hacer a otro ser humano es particularmente grande, pensemos en un médico, que un error le puede costar literalmente la vida de su paciente y bueno, de los psicólogos ni hablar. Muchas veces he sido testigo de cómo una intervención terapéutica resultó ser completamente iatrogénica y con pesar pienso que yo misma debo haber hecho más de una. Otra profesión con la que se tocan las vidas de muchos y se puede dejar huellas o cicatrices es la del pedagogo (docente, profesor)
Con frcuencia, mis pacientes nuevos, al hacer alguna revisión de su biografía, me relatan episodios de su vida escolar y creo que hay tres variables que se repiten: mala experiencia con compañeros (algún tipo de maltrato) gusto amargo porque no rendían bien y la huella o cicatriz que dejó algún profesor.
Quiero que sepa que ya no le tengo miedo - me dijo valiente un día esta excepcional chica, que no solo es académicamente brillante, también es linda, divertida, amorosa y una gran deportista. Pero esta es una muestra de la etapa final. Esta es ella nuevamente de pie, ya fortalecida y más entera, post evaluación psicológica y algunas sesiones de psicoterapia, más el amoroso apoyo de sus padres y amigos. El camino de ella fue áspero y largo. Hubo incontables episodios de llanto con angustia, síntomas psicosomáticos, ansiedad, impotencia y deseperación, llegando al riesgo de desarrollar una fobia escolar y una depresión.
El triunfo de ella fue decidir dejar de tenerle miedo a la persona que durante tres años le había causado un profundo daño psiquíco en el aula, con sus acciones y omisiones, con las comunicación verbal y sobre todo la no verbal. Ella se sintió menoscabada en repetidas ocasiones, así como despreciada por no ser de "las buenas" en la asignatura. Le dolió la falta de apoyo, la falta de empatía, la indiferencia, a lo que hay que añadirle la profunda desmotivación y frustración por vivir esforzándose, más no conseguir mejores resultados. Todo lo cual se agravó por la negación del daño y la incapacidad de reparar, a pesar de la evidencia entregada por los padres. No me toca a mi, ni es el objetivo aquí, enjuiciar a esta persona, pues como señalé antes, quiero destacar lo que esta chica vivió, cómo y por qué, así como su capacidad para sobreponerse a esta amarga y difícil experiencia.
¿Lo más hermoso de esta historia? ¡Ella va a estudiar pedagogía! y estoy segura que será una profesora maravillosa, excepcional y dejara huellas, muchas huelllas, más nunca cicatrices como la que le dejaron a ella.




