jueves, 22 de noviembre de 2018

Conversaciones valientes con niñas valientes (Parte II)

          Esta segunda parte tiene una complejidad distinta. Está la adversidad impuesta por la vida, como la descrita en la Parte I y otra es la que enfrentamos a partir de ciertas experiencias con otros,  dentro de las cuales se debe hacer la importante distinción de la intención. Hay personas que dañan con la clara consciencia que lo están haciendo (rasgo perverso) y están los que dañan y genuinamente no lo han hecho con la intención (todo el resto de los humanos estamos aquí), luego este grupo se divide otra vez, en los que logran tomar consciencia cuando se les muestra el daño, sienten culpa y buscan reparar y por otra parte, están los que no tienen la capacidad de empatizar (ver el mundo con los ojos del otro) y por tanto no pueden aceptar y reconocer el daño hecho.

          Es importante indicar aquí que el foco de este artículo no está en la profesión que tiene la persona que representó la adversidad para esta hermosa chica de 18 años. El foco está puesto nuevamente en la fortaleza, a pesar del sufrimiento, que ella tuvo y su enorme resiliencia, que a mí me ha causado admiración, razón por la cual este artículo está dedicado a ella.

         Todos nos equivocamos, eso está claro. Nadie se levanta en la mañana deseando equivocarse, pero nos pasa, como personas, como padres, como pareja y también desde nuestro rol profesional. También es cierto que hay ciertas profesiones en las que el daño potencial que se le puede hacer a otro ser humano es particularmente grande, pensemos en un médico, que un error le puede costar literalmente la vida de su paciente y bueno, de los psicólogos ni hablar. Muchas veces he sido testigo de cómo una intervención terapéutica resultó ser completamente iatrogénica y con pesar pienso que yo misma debo haber hecho más de una. Otra profesión con la que se tocan las vidas de muchos y se puede dejar huellas o cicatrices es la del pedagogo (docente, profesor)

          Con frcuencia, mis pacientes nuevos, al hacer alguna revisión de su biografía, me relatan episodios de su vida escolar y creo que hay tres variables que se repiten: mala experiencia con compañeros (algún tipo de maltrato) gusto amargo porque no rendían bien y la huella o cicatriz que dejó algún profesor.


          Quiero que sepa que ya no le tengo miedo - me dijo valiente un día esta excepcional chica, que no solo es académicamente brillante, también es linda, divertida, amorosa y una gran deportista. Pero esta es una muestra de la etapa final. Esta es ella nuevamente de pie, ya fortalecida y más entera, post evaluación psicológica y algunas sesiones de psicoterapia, más el amoroso apoyo de sus padres y amigos. El camino de ella fue áspero y largo. Hubo incontables episodios de llanto con angustia, síntomas psicosomáticos, ansiedad, impotencia y deseperación, llegando al riesgo de desarrollar una fobia escolar y una depresión.

          El triunfo de ella fue decidir dejar de tenerle miedo a la persona que durante tres años le había causado un profundo daño psiquíco en el aula, con sus acciones y omisiones, con las comunicación verbal y sobre todo la no verbal. Ella se sintió menoscabada en repetidas ocasiones, así como despreciada por no ser de "las buenas" en la asignatura. Le dolió la falta de apoyo, la falta de empatía, la indiferencia, a lo que hay que añadirle la profunda desmotivación y frustración por vivir esforzándose, más no conseguir mejores resultados. Todo lo cual se agravó por la negación del daño y la incapacidad de reparar, a pesar de la evidencia entregada por los padres. No me toca a mi, ni es el objetivo aquí, enjuiciar a esta persona, pues como señalé antes, quiero destacar lo que esta chica vivió, cómo y por qué, así como su capacidad para sobreponerse a esta amarga y difícil experiencia.

         ¿Lo más hermoso de esta historia? ¡Ella va a estudiar pedagogía! y estoy segura que será una profesora maravillosa, excepcional y dejara huellas, muchas huelllas, más nunca cicatrices como la que le dejaron a ella.
         

domingo, 18 de noviembre de 2018

Conversaciones valientes con niñas valientes (Parte I)


Este año, desde mi rol profesional, he tenido el honor de trabajar y acompañar a niñas valientes en momentos de muchísima adversidad.  La entereza, el coraje, la lucidez,  tolerancia a la angustia y el dolor,  con que enfrentaron situaciones sumamente difíciles, merece ser compartido, reflexionado y admirado, primero que todo para darles reconocimiento y también para que ojalá, saquemos algún aprendizaje en un nivel personal, profesional y/o parental.


Yo sé que la vida sigue – me dijo una chica de 15 años cuya madre moriría el día siguiente, después de una larga enfermedad. Perder a la madre y ser testigo del inmenso dolor del padre, es algo que nos hace pensar de inmediato: Esto no debería pasar, pero pasa. Lo cierto es que situaciones como esta nos llevan a un amargo hecho de la vida “Cosas malas, le pasan a personas maravillosas” y a veces eres testigo cercano de eso y otras; eres el protagonista. Creo que su declaración es un potente recurso para atesorar, por lo que debemos guardar sus palabras en el corazón y también en el bolsillo, para tenerlo a mano cada vez que la adversidad nos aplaste.


En una de estas, que yo llamo “conversación valiente”, hablamos, de la ya inminente muerte de su madre y le pregunté por lo que más le preocupaba, entonces me dijo con lágrimas – Mi papá… su dolor, su pena. A mí me tocaba en ese momento mostrarle cómo ella, desde su rol de hija, tenía que confiar en que su padre iba a estar bien y que juntos como familia, con su hermano menor, se iban a sobreponer progresivamente a esta durísima pérdida. Me pareció que era mi deber, mostrarle además, que lo que estaba viviendo era extremadamente duro. Entonces le expliqué, con gestos en mis manos, que estaban las cosas difíciles de la vida (abajo) esto y la muerte de un hijo pequeño. En un acto inconsciente, se lo escribí en un post it, porque quise que quedara registro y no lo olvidara. Me emocioné cuando supe que lo tenía pegado en el panel de su pieza. A veces lo único que podemos hacer es sencillamente reconocerle al otro que lo que vive es tremendo.



Los duelos son parte de la vida, pero uno así y en esta etapa, es particularmente difícil y complejo, no sólo para los hijos, sino que también para el progenitor que está vivo. Sabemos que como padres el dolor de nuestros hijos es también nuestro dolor y en esta situación, la tarea es realmente titánica. El progenitor que está, debe hacer su propio proceso de duelo, de manera paralela al acompañamiento, contención y orientación del duelo que viven los hijos, hecho absolutamente sobrecogedor.


Las personas podemos hacer lo impensado para evitar entregarnos al dolor, porque nos da miedo perdernos a nosotros mismos en ese oscuro lugar, esto hace que muchas veces aparezcan conductas que apuntan a evadir el sentir y/o pensar. Lamentablemente no existe otro camino, por eso pasan a tener suma importancia, los recursos internos, como la autoconfianza y la resiliencia, así como también las redes con las que se cuenten, formada por familiares y amigos cercanos, que deben ser generosos en la atención, compañía y afecto que brindan. Ellos pueden ayudar también al provocar algunas “conversaciones valientes”, con un viudo o viuda que está luchando para acomodarse a una nueva realidad que naturalmente rechaza, carece de sentido y se hace intolerable.


Cierro con las palabras dichas por el personaje de la película El Náufrago:


“Y ahora sé lo que tengo que hacer… 
seguir respirando, 
porque mañana volverá a amanecer 
y quién sabe lo que traiga la marea”
  

*Nota: Este artículo ha sido aprobado por la protagonista y su padre.