lunes, 1 de abril de 2013

Columna CM Marzo: "Mi relación conmigo"


     Es saludable echarse de menos en una relación. Cuando por circunstancias de la vida, dejamos de ver pareja, amigos o familiares, en la mayoría de los casos se abre un espacio para extrañarse mutuamente y el sabor de ese amor es aún más dulce, pero hay una persona de quien nunca nos podemos alejar: nosotros mismos, por esa razón se hace imprescindible cuidar esa relación tanto o más que las otras y no es un hábito que se inculque lo suficiente.

     
Dicen que el peor enemigo es el que llevamos dentro. Muchas veces el problema no está en los hechos concretos que ocurren, si no en la vivencia construida a partir de lo que sentimos y pensamos. Si la voz interior habla poco, dice mentiras, niega, minimiza o maltrata… la vida se torna más adversa. Un punto importante entonces es cada cierto tiempo chequear esta relación y la calidad de la comunicación que tiene el “yo” con la propia existencia.

      Una de mis clientes de coaching escolar tenía este clásico hábito de decir: “¡Ah! ¡Pucha que soy tonta!” (con un dejo de rabia), cada vez que cometía un error haciendo un ejercicio de matemática. Yo le dije que si ella se maltrataba y yo tenía que ser testigo de eso, entonces yo también me maltrataría y me golpearía la cabeza contra la mesa. A ella le pareció muy chistoso y hasta un poco ridículo, pero lo hice (ella se decía tonta y yo hacía el amago de golpearme la cabeza) Le sugería que cambiara las palabras, por ejemplo: “pucha que soy distraída” Como era de esperar ella no quería que yo me maltratara delante de ella y decidió cambiar las palabras. Ahora cuando se equivoca, no sólo dice “pucha que soy distraída” (con tono teatral) si no que se ríe. Este cambio en el lenguaje introduce una forma más amable de relacionarse consigo mismo.

        Tal vez podríamos emplear algunos criterios generales para evaluar la relación de uno con el sí mismo, tales como: ¿soy amable?, ¿Respetuoso/a?, ¿soy paciente?, ¿Perdono?, ¿Soy honesto/a? (cada pregunta termina con un conmigo mismo) A veces los otros nos tratan mucho mejor de lo que nosotros nos tratamos a nosotros mismos.

          Hace uno días un conocido me preguntó qué podía hacer para ayudar a su polola, ya que ella siempre “se tira para abajo” y eso le frustra. Él, por más que la quiera no puede modificar lo que ella siente, es ella la que debe mirar la relación que tiene consigo misma. No es tarea del otro confirmarnos, ¡es tarea de uno! Y además de que al otro no le toca eso, darnos el amor que no somos capaces de brindarnos a nosotros mismos, es agotador y puede terminar destruyendo la relación, porque se hace muy difícil querer a alguien que nos e quiere a sí mismo. 
          
        Hay que “quererse a sí mismo” y todos entendemos esas palabras y podemos asentir confirmando esa idea casi como una verdad universal. Sí, es muy importante quererse, pero ¿lo hacemos? Esto no hay que confesárselo a otros, esto es una confesión interna, usted es quien verdaderamente sabe cuánto y cómo se quiere, independiente de lo que se vea desde afuera. Si usted siente que se quiere poco, claramente es conveniente modificar eso y comenzar a generar cambios desde adentro, para aprender a amarse. Ahora, ojo que amarse no es inflarse el ego, no se trata de decirse cosas lindas y ya. Para amarse a sí mismo, se requieren los mismos elementos que en cualquier otra relación: conocimiento, intimidad, confianza, respeto, honestidad, contención, capacidad de perdonar, apoyo incondicional, etc. Pero por alguna razón parece ser más fácil brindarle esto a otros.

         Es de conocimiento popular la frase “si no te quieres tú, como te van a querer otros” y lo que pasa es que la identidad personal se construye en la infancia  a partir de la premisa inversa y darla vuelta en la vida adulta es una tarea de alta complejidad y ¡suma relevancia! Porque finalmente llegamos a entender que mientras mejor sea la relación de uno consigo mismo, mejores serán efectivamente las relaciones que construyamos con otros.
                
            Como padres y/o profesionales que trabajamos con niños y adolescentes, debemos tener presente que podemos contribuir a la felicidad de los otros si les guiamos en este camino de aprender a aceptarse y amarse a sí mismo. No basta con que amemos a nuestros hijos, debemos ayudarlos a que ellos logren amarse también.

           

        Cuando ocasionalmente cometo el error de decirme tonta en voz alta, mi hijo (14) me pone la mano en el hombro y me dice: “Mamá, no eres tonta, estabas distraída”. Yo sonrío feliz, porque entiendo que él ha aprendido eso y yo se lo ensené.

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