Pocas veces se menciona cuánto se puede aprender de una película, pero lo cierto es que se aprende. Hay una escena de “Conoces a Joe Black” que tiene un diálogo notable, entre un padre y su hija mayor. Él, que sabe que esa noche va a morir, le confiesa a su hija que tiene remordimientos, porque tiene conciencia que no ha sido para ella, ni la mitad del padre que ha sido para la menor (su favorita) Ella le dice que siempre lo ha sabido, pero que no tiene problema con eso, que ella aceptó que la cara de su padre se ilumina cuando entra su hermana, pero le dice que no importa, porque él ha sido el favorito de ella. Conmovedor. Sabia ella, para resolver un conflicto potente del cual pocas veces se habla.
“Los quiero a todos por igual” eso es más bien una intención que una realidad. Nadie puede sentir exactamente lo mismo por dos personas, es imposible, porque la configuración que hace esa persona con uno, es diferente que la que hace con otro. Es una linda intención, sin duda, pero también es una negación y como tal, en algunas oportunidades puede causar un daño irreparable.
¿Siente Julieta por Romeo, exactamente lo mismo que Romeo siente por ella? Pregunta Echeverría en su libro “Ontología del lenguaje”. Difícil. Ambos dicen sentir amor, pero que utilicen la misma palabra para definir lo que sienten, no implica que lo que sientan sean igual. ¿Sienten los padres lo mismo por todos sus hijos? No. ¡Por ningún motivo! Siempre van a existir múltiples variables que van a influenciar ese vínculo, la edad que tenía él o ella, el número de hijo que se es, el momento o crisis por la que estaba pasado la familia cuando ese hijo/a nace, la diferencia de edad de los padres, la historia de ellos con sus padres, etc.
Volviendo a lo de aprender de la tele. ¿Vio el comercial de tallarines? ¡Genial! Regala hermoso recurso para que los padres ayuden a su primogénito a resolver el conflicto por el nacimiento del segundo hijo. La madre le dice a su hijo mayor, mientras tiene en brazos a su hijo recién nacido: “Sí, también lo quiero, pero a ti te quiero desde antes” Ahí tenemos cómo lidiar con la realidad, enfrentarla y no negarla, nos brinda de recursos para acompañar a los nuestros a elaborar situaciones de vida que para cualquiera podrían ser compleja. Es probable que algunos al leer estas líneas, recuerden el día que llegó el hermano/a a casa.
En un curso, estábamos varios psicólogos y de pronto uno confiesa estar en conflicto; su esposa espera el segundo hijo y él declara no tener idea de cómo se ama a otro hijo. Mágico. Esto demuestra una vez más que es imposible amar a todos los hijos por igual. Un papá, una mamá tiene más “feeling” o química con un hijo que con otro, es una realidad innegable, lo saben, lo sienten y como es difícil de esconder, eso va gestando al hijo favorito. No digo que hay que publicarlo o recordárselo a los hijos que no lo son, lo que planteo aquí es que hay que desarrollar conciencia de eso, justamente para poder manejarlo, comprenderlo y así trabajar más en la relación con el hijo con que se siente menos química, con ese que no se parece a uno cuando era chico, para que ojalá se note cada vez menos quién es el favorito y ponga especial atención, fíjese bien, porque puede ser que el hijo que Ud. ama, pero que no es su favorito, puede que él o ella lo sí lo tenga por favorito a Ud.
Creo que todos, a lo largo de toda la vida, debemos ser el favorito de alguien. Creo que nos brinda esa sensación de que tenemos algo especial, finalmente todos queremos eso, sentirnos especiales. Ser el favorito de alguien es el condimento que hace que la vida sea menos amarga, esa tía/tío, ese hermano mayor, o el papá o la mamá, incluso la nana, esa persona que tú siempre has sabido que no sólo te ama, sino que tiene una sintonía de alma contigo, que no se compra, viene dada.
Para quienes saben que no son o que no fueron ni el favorito de mamá, ni el de papá, mire bien, piense y recuerde, estoy segura que con este artículo va a sonreír, porque tal vez no se había dado cuenta que Ud. también es el favorito de alguien más, como lo fui yo de mi querida abuela Marta, cuyo rostro se iluminaba cada vez que llegaba a visitarla y me saludaba diciendo: “Llegó mi corazón de oro” con una dulce sonrisa (Q.E.P.D).


