Con tanta frecuencia andamos de mal humor porque pasamos un mal rato, nos quejamos porque hay mucho trabajo, o porque no hay, porque llueve... porque no, ir al supermecrado parece una tortura y de repente pasa algo que te da vuelta literalmente. Basta que le pase algo a alguien que quieres y se produce una pausa... un silencio ensordecedor, el dolor del otro congela todas esas estupideces por las que habías estado rumiando, se esfuman, tomas conciencia y vuelves a tu centro, ponderas todo como realmente corresponde y pones rápidamente cada cosa en su lugar.
Cuando algo malo le pasa a una persona que amas surgen muchas sensaciones primitivas: rabia, angustia, incredulidad, dolor, impotencia, pero por sobre todo, lo que prima, es el fuerte deseo que eso que le está pasando, no hubiese sucedido.
Creo que ocurren varios fenómenos paralelos en este tipo de momentos: por una parte el impacto y las ganas de ayudar, de mermar el dolor del otro, de ojalá poder decir algo que sea un aporte, pero en el fondo sabemos que nada de lo que digamos hará que los hechos cambien, a la vez, hace que uno mire su vida y de modo egoísta sienta alivio porque algo así no te está pasado, como si fuera poco, el corazón y la cabeza alcanzan para dar gracias de que no fue peor para el otro...porque como testigos de una tragedia ajena, pero cercana, tenemos la distancia que nos permite ver el vaso medio lleno y ver que pudo haber sido peor, claro si nos ponemos desde esa perspectiva, siempre puede ser peor ¿no?
Cuando nos cae la teja, tenemos la posibilidad de resignificar nuestra vida. Cuando el terremoto es en el país del lado, en un país amigo, podemos enviar ayuda, que sólo significará acompañar mientras se reconstruye y de paso podemos preparar el propio país para cualquier terremoto, porque si de algo estamos seguros es que hay días con sol, días con lluvia y cada cierto tiempo hay terremotos.
Tengo tres países vecinos que recientemente vivieron un terremoto devastador y sobrecogedor... estas palabras con mucho amor para ellos.
Cuando algo malo le pasa a una persona que amas surgen muchas sensaciones primitivas: rabia, angustia, incredulidad, dolor, impotencia, pero por sobre todo, lo que prima, es el fuerte deseo que eso que le está pasando, no hubiese sucedido.
Creo que ocurren varios fenómenos paralelos en este tipo de momentos: por una parte el impacto y las ganas de ayudar, de mermar el dolor del otro, de ojalá poder decir algo que sea un aporte, pero en el fondo sabemos que nada de lo que digamos hará que los hechos cambien, a la vez, hace que uno mire su vida y de modo egoísta sienta alivio porque algo así no te está pasado, como si fuera poco, el corazón y la cabeza alcanzan para dar gracias de que no fue peor para el otro...porque como testigos de una tragedia ajena, pero cercana, tenemos la distancia que nos permite ver el vaso medio lleno y ver que pudo haber sido peor, claro si nos ponemos desde esa perspectiva, siempre puede ser peor ¿no?
Cuando nos cae la teja, tenemos la posibilidad de resignificar nuestra vida. Cuando el terremoto es en el país del lado, en un país amigo, podemos enviar ayuda, que sólo significará acompañar mientras se reconstruye y de paso podemos preparar el propio país para cualquier terremoto, porque si de algo estamos seguros es que hay días con sol, días con lluvia y cada cierto tiempo hay terremotos.
Tengo tres países vecinos que recientemente vivieron un terremoto devastador y sobrecogedor... estas palabras con mucho amor para ellos.